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Testimonios


Fernando Jáuregui Monrroy - Jilayhua

Jilayhua es un pueblo esparcido a lo largo del último tramo de la carretera que lleva al distrito de Yanaoca. Las casas de Jilayhua parecen esconderse entre las suaves y altas lomas y el color ocre de la tierra. Fácilmente pasa desapercibido a los ojos acostumbrados a los coloridos bloques de concreto.
 
Llegamos al mediodía, a pleno sol; el cielo clareaba en lo alto y una brisa fría equilibraba la temperatura. Nos bajamos a la altura de la escuela. Una cuesta aparentemente fácil nos esperaba. A medida que subíamos, se asomaban más y más casas. Preguntando llegamos a la casa de Don Higidio. Fue una suerte que esté ahí.

Con él constatamos que la instalación de la antena satelital no había concluido. Además faltaba completar la entrega de los dispositivos del teléfono tarifador. Luego, de Arequipa nos informaron que los técnicos estarían llegando después de dos o tres días. Pero no era el único obstáculo en este nuestro primer viaje. La falta de computadora es el fantasma que nos perseguirá hasta las últimas localidades.

Don Higidio nos confesó que no se compraría una PC hasta dentro de tres semanas. Al día siguiente, entonces, tendríamos que gestionar a la municipalidad para que nos presten una computadora. En la escuela tenían una pero la penosa huelga de los profesores impedía cualquier gestión.

Luego nos fuimos a la casa del presidente de la comunidad, Don Percy Larota. Este hombre menudo pero fuerte no contuvo su indignación frente a las decisiones arbitrarias que tomaron los representantes de Telefónica y las autoridades del Municipio de Yanaoca de colocar una antena satelital sin consultar con la comunidad en su conjunto.

Jilayhua está dividido en cuatro sectores distanciados. Según Don Percy, hubiese sido adecuado que instalen la antena en el local comunal, para que así los cuatro sectores se beneficien. Sin embargo, a pesar de haberle explicado pacientemente las virtudes y limitaciones del Proyecto BAS, el presidente de la comunidad de Jilayhua nos apremió a que enseñemos el curso de computación básica a los chicos de los otros sectores en el local comunal, pues contaban con una computadora; cuando ya habíamos quedado con el emprendedor de enseñar a los doce personas previamente inscritas en su casa.

No será la primera vez que encontremos una inquina distancia entre las autoridades de la comunidad y el emprendedor. Este nos dijo que el presidente no quería darle facilidades para el préstamo de la computadora. Una buena razón es la gran distancia que hay entre la casa del emprendedor y el local comunal. Por otro lado, todos los preinscritos para el curso eran vecinos del emprendedor, que además de ser potenciales usuarios tampoco querían bajar hasta el local comunal.

Tuvimos que aceptar las condiciones que nos propuso Don Percy porque de otra forma, hubiese sido imposible participar eficazmente en la asamblea comunal que se llevó a cabo al día siguiente. Después de explicar el temario acerca de la naturaleza del Proyecto, decidimos formar dos grupos de computación básica. Mientras mi compañero se encargaría de enseñar a más de 20 jóvenes en el local comunal de Jilayhua, yo me concentraría en el emprendedor con algunos de sus vecinos preinscritos.

La municipalidad nos prestó una computadora. A los tres días llegaron los técnicos, terminaron la instalación, verificaron la señal de Internet y luego procedimos con la capacitación a través la web. Sin embargo, la señal estuvo demasiado lenta. La página de Telefónica Rural se demoraba en cargar, y era frecuente que se colgara la máquina, pues, evidentemente, la computadora prestada no tenía una buena memoria RAM.

El día más emocionante fue el de la clausura. Unos días antes, mi compañero tuvo que viajar de urgencia a otra localidad. Entonces, yo solo tuve que tomar los exámenes a ambos grupos y preparar la clausura. En el resultado de las notas hubo un equilibrio, los mejores doce pertenecían igualmente a ambos grupos. Para el día de la clausura compré galletas y gaseosas. Llegaron alrededor de veinte personas. Formaron dos grupos: mis alumnos y los de mi compañero. Brindamos, luego expresé mis conclusiones acerca del curso, señalé los problemas y también los logros, y les recalqué sobre el uso que deberían darle a los libros. Después de terminar de hablar, cuando parecía que todo acabaría ahí nomás, tomó la palabra el emprendedor y empezó a elogiar el trabajo que hice; y después de él, un representante del grupo de mi compañero tomó también la palabra y con la misma emoción elogió su trabajo. Al final, todos quedamos satisfechos por la labor realizada pero delicadamente contentos porque un vacío de tristeza crecía en el interior de cada uno, sabíamos que ya no volveríamos a vernos, tal vez ya nunca más.